Capítulo 1: Sin habla
Eran las once de la mañana y un hermoso día no se hacía esperar. La ciudad se divisaba perfectamente y, a través de ese piso tan alto y ese cristal tan claro aun se veía mejor todo.
Dejó su taza de café en la mesa y se sentó en su silla movible, se estiró un poco, listo para seguir con su rutina de trabajo, se despeinó su cabello castaño y se colocó sus finos lentes.
-Haga pasar al siguiente, por favor- indicó a la secretaria, por medio de un altavoz, la voz de la mujer le respondió la orden.
…Él ordenó unos cuantos papeles mientras aguardaba, la verdad siempre que recibía a un nuevo paciente sentía un poco de nervios, es que conocer los problemas de las personas, sus temores o debilidades y la causa de sus problemas eran algo que disfrutaba hacer, así es, aquél hombre era un psicólogo.
Oyó a lo lejos unos murmullos, que enseguida se intensificaron, eran dos voces adultas y una más joven, enseguida comprendía que tal vez aquella persona no deseaba ir al psicólogo por cuenta propia, decidió observar sus papeles y fingir que no había oído nada, para no poner incómoda la situación.
La puerta se abrió dejando ver a los padres del paciente. Se trataba de un hombre con traje muy elegante, cabello y ojos negros y piel morena clara, la madre era, al contrario, rubia y de ojos miel con la piel clara. Se veían de clase social alta, seguramente era otro típico problema de adolescencia.
-Buenas tardes, doctor- dijo la madre, avanzando airosa hasta saludar al doctor, quien algo confundido respondió el saludo, con una sonrisa; el padre, por otro lado, saludó desde lejos y se marchó en seguida, pues su teléfono sonó en ese instante, y con unas señas dijo a su esposa que saldría, la mujer puso los ojos en blanco.
-Bueno… Eh… ¿Cuál es el problema?- preguntó amablemente el doctor.
-Oh, sí- dijo la madre reaccionando- es mi hijo, no sabemos que hacer con él, es sumamente malcriado e insociable, se la pasa todo el día en el cuarto y está malhumorado, no nos acompaña a fiestas y tampoco nos respeta- dijo su madre asintiendo con ese tono que hacia que el doctor contuviese la risa.
-Ya veo, un caso típico de la adolescencia- contestó tranquilamente, anotando algunas cosas en una hoja blanca- dígame, ¿El paciente ya está aquí?
-Sí- respondió- de hecho, estaba aquí… Pero no quiere entrar…- la mujer se incorporó y muy enojada, pero aun conservando su aire de elegancia fue por el chico, el doctor volvió a aguardar…
Luego, entró un chico que, para que mentir, había asombrado al doctor, se trataba de un joven alto, delgado, con cabello negro azulado y piel de un tono moreno claro, pero más le impresionaron sus ojos miel, que en la primera impresión daban la apariencia de un demonio, uno muy bello.
El doctor entrelazó sus dedos. La madre dijo que tendría unos asuntos que atender y que un chofer pasaría después por el chico, que hiciera lo que fuera por cambiarlo lo antes posible, le pagaría lo que fuera.
-Sí, bueno le cobraré al final de la cita, necesito ver que tan profundo es esto- dijo algo confundido- pero entienda que no es cuestión de dinero que esto se facilite- la mujer le miró algo seria, pero luego dio un cheque en blanco al doctor.
-C
uando termine, por favor ponga la cantidad, el banco se lo cambiará- el doctor la tomó un poco decepcionado y vio como la mujer se marchaba cerrando la puerta.
El doctor revisó unos papeles antes de hablar y luego alzó la mirada, el joven lo miraba también, fijamente, con esos ojos tan extraños.
-Entonces…- dijo el doctor incorporándose hacia el chico y caminando despacio, el menor lo observó de pies a cabeza, primero hacia su cabello castaño, y luego hacia sus ojos azules, después todo su cuerpo, el doctor no se intimidó, aunque sabía de por sí que aquél chico tenía una presencia imponente- ¿Cuál es tu nombre?
-Seul- dijo secamente, mientras seguía viendo al doctor, para qué negarlo, era realmente atractivo, pero eso no pensaba por el momento el chico.
-Vaya… Tu nombre viene del francés… ¿Cierto?
-Sí…
-Es muy extraño- dijo sonriendo- que el significado de tu nombre sea ‘solo’ siendo tú alguien tan simpático- exclamó divertido, pero al parecer al chico no le había hecho gracia, ya que solo había inclinado la cabeza hacia la derecha, un gesto de indignación.
-Lo lamento… Bueno… Vamos a presentarnos los dos, soy Edoardo… ¿Cuántos años tienes, Seul?
-Dieciocho.
-Vaya, luces más joven, bueno, yo tengo veintiocho, así que nos llevamos diez años… ¿No?- el chico solo frunció la boca, mas no emitió palabra alguna.
-Bueno… - dijo alzando las cejas el castaño- ¿Quieres sentarte?- dijo más como una orden que como una pregunta, el pelinegro levantó elegantemente una ceja al darse cuenta que aquél doctor no era tan sublime como parecía.
Seul caminó hacia una de las sillas y se sentó dejándose caer, con las piernas algo abiertas y una pose muy despreocupada, pasando el brazo derecho tras la silla, el doctor se sentó normal, lo curioso es que no habían perdido contacto visual durante ese lapso, y ambos no sabían por qué.
-Dime… en este momento, justo ahora, ¿Qué te molesta?
Seul lo miró de nuevo fijamente, y frunció la boca ligeramente.
-Su excesiva amabilidad, ¿Trata de aparentar ser bueno con los demás para tranquilizarlos, o solo quiere mostrarse como un buen médico?
-Vaya, un muchachito directo y muy inteligente, me descubriste a la primera, solo trato de que la gente se sienta en más confianza para contarme sus problemas, es todo.
Seul dejó escapar un leve gruñido y volvió a inclinar su cabeza hacia la derecha.
-Bien, dejaré de ser tan amable, me comportaré más serio y rudo si te parece…- Seul encogió los hombros, tratando de no darle importancia a eso.
-Me da igual como quiera ser, solo tratará de curarme e vano y al final dirá que soy un caso perdido…
-¿Cómo los demás?- preguntó astutamente, Seul no dijo nada, solo miró un rato al suelo, y luego de nuevo a los ojos azules del doctor.
-¿Qué es lo que quiere saber exactamente?
-Mira, estamos empezando con el pie izquierdo, ¿Verdad? Si esto lo haces para parecer más rudo, estás muy equivocado, porque, personas así, en realidad son las más vulnerables…
-¡Eso no es cierto!- exclamó Seul muy enojado, parándose de golpe y azotando las manos contra el escritorio del castaño, quien, más que sorprendido, lució calmado.
-Entonces… Si eres fuerte, demuéstramelo- comentó cambiando su semblante amable a uno serio e intimidante, Seul se sorprendió, no sabía que hubiese personas como él, que cambiaran su carácter tan abruptamente.
-No tengo por qué demostrarle algo, solo vine a esta estúpida consulta porque mis padres están hartos… Y eso es todo.
-¿Te sientes frustrado? Así es como quiero que empecemos, que me cuentes de todo lo que te molesta, grita, si así lo deseas- comentó escribiendo algunas cosas en esa hoja.
-No tengo por qué contarle cosas privadas a un extraño… -dijo molesto, pero debía admitirlo, el doctor le estaba ganando terreno.
-Entonces puedes decirme cosas que a todos le puedas contar… ¿Tuviste un buen día en la escuela? ¿Cuáles son tus gustos o aficiones?- comentó muy tranquilo, pero por dentro tenía mucha curiosidad acerca de ese singular chico, pues a ciencia cierta no había tenido un paciente así, tan extraño, suspicaz e inteligente, además de, por qué negarlo, guapo.
-Eso no tiene que ver con el tema- dijo cruzando los brazos y volviendo a sentarse.
-Sí, tal vez, pero si por algo empezamos, quiero que sea concreto… Te lo advierto, pasarán muchas citas antes de que te puedas librar, de mi- comentó mientras hacia rodar un lápiz hasta frente del chico, este vio el objeto acercarse y luego al doctor, ¿Cómo podía ser tan insoportable? Pero esos ojos…
-Me fue mal… Me gustan los videojuegos, y nada más- volvió a contestar secamente.
-Bien, analicemos esto, dices que te va mal en la escuela, pero te gustan los videojuegos, si no me equivoco, en los videojuegos debes tener una estrategia, un plan, no puedes lanzarte y atacar a tus oponentes así nada más, y por lo que se, se requiere un gran esfuerzo mental, tal ves aun más que para las matemáticas, entonces ¿Por qué dices que te va mal?
-No lo sé… -dijo Seul, un poco más abierto y tranquilo, la verdad ese comentario le había hecho reflexionar.
-Tal vez quieres que tu familia te preste atención, y haciendo esto lo conseguirás, eso piensas ¿No?
El pelinegro levantó la mirada rápidamente, aquél hombre tenía una forma muy extraña de hacer ver las cosas, sincera, pero extraña, se le habían erizado los vellos de la piel cuando el castaño había supuesto eso, y, efectivamente, había dado en el clavo.
-Por lo que vi tus padres son personas muy ocupadas, muy importantes, así que no creo que te presten tanta atención… Pero quiero que sepas que puedes contar con un amigo- el castaño se paró y se sentó al lado del chico, y colocó su mano sobre la de él, éste, por primera reacción, quiso quitarla, pero algo se lo impidió, solo veía sus manos en contacto y esos ojos azules tan profundos, en ese rostro tan guapo.
-Pues… Eso me dicen todos… Pero es igual- dijo volteando hacia la derecha.
Cuando alguien te cuenta algo y mira hacia su derecha, significa que te está diciendo la verdad, mientras que si mira hacia la izquierda, significa que probablemente te esté mintiendo.
-¿Y por qué no empezar a creer? Si tus padres o tus amigos-
-Yo no tengo amigos- le interrumpió bruscamente- ellos solo buscan el dinero, son unos hipócritas.
-Si tienes razón- respondió el mayor. El chico se asombró, creyó que trataría de convencerlo de lo contrario pero no ¿Qué quería decir?
-Son unos hipócritas, todos lo hemos sido, pero por cada sentimiento hipócrita, seguramente hay dos sinceros y de apoyo, nadie es perfecto, nadie puede esconder lo que en realidad es, tarde o temprano todo se darán cuenta.
Seul bajó la miraba, reflexivo, ¿Qué haría? Era la primera vez que alguien le hacia dudar, y era la primera vez que se sentía nervioso frente a un hombre, pero bajo todo esto, Edoardo inspiraba confianza.
-Ya terminó la cesión ¿No?- fue todo lo que pudo decir, pues para ser francos, no quería irse, deseaba platicar más con aquél hombre que inspiraba confianza.
-Sí… -dijo Edoardo, algo decepcionado de que al final no hubiera un gran avance, aunque algo le decía en el fondo que Seul había tomado en cuenta cada una de sus palabras, después de todo, era un chico muy inteligente.
-¿Me puede devolver mi mano?- dijo Seul, algo serio, y muy ligeramente apenado, el castaño se dio cuenta y rápido la soltó, se había puesto nervioso ¿En verdad?
-Lo lamento, suelo ser muy efusivo con mis pacientes. Entonces… ¿Si tratarás de venir mañana?
Seul lo miró fijamente, claro que quería regresar, pero tenía que ser cuidadoso con sus palabras, no quería pensar que alguien lo cambió por completo en solo una hora.
-Lo pensaré…
Edoardo se incorporó, al igual que Seul, se miraron fijamente un rato, no sabían como despedirse, y es que, a decir verdad, Seul había sido el primer paciente que había logrado intimidarlo, enojarlo y, hasta desearlo, pero eso no podía suceder, tal vez solo eran las ganas de charlar con el chico otra vez, si, eso nada más.
Seul se preparaba para estrechar la mano pero un abrazo lo dejó sorprendido, Edoardo lo había abrazado ligeramente, parecía un abrazo normal, pero Seul sintió como se encogió su estómago al estar pegado contra el cuerpo del mayor, se quedó sin hacer nada, hasta que el castaño lo soltó.
-Entonces, fue un placer charlar con tigo, Seul
-Igual- solo alcanzó a responder el, algo apenado.
Salió a paso rápido del consultorio y se apresuró a marcar por el celular para que pasaran por él, que día más extraño se había tornado, pero de algo estaba seguro, quería volver a ver a Edoardo.
En el consultorio, el castaño miró a través del cristal y, como por magia, pudo ver el reflejo de unos ojos miel, se extrañó y decidió voltearse, observó el cheque detenidamente, lo rompió y volvió a dar un sorbo a su café, que ahora se encontraba frío.
-Con que Seul… Eres un chico muy inteligente y, atractivo…